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El sonido del silencio



El sonido del silencio

"Un día como aquel, en que el sol estaba en lo más alto, el mundo terminó para millones de seres humanos. Pasó cuando yo contaba con diecisiete años".

Aquellas fueron las únicas frases que mi madre dijo al respecto. Jamás quiso contarme qué ocurrió; ni siquiera dejó un registro escrito. Poco después de cumplir cuarenta y tres, murió, y yo me quedé sin nadie que me escuchase ni me acompañase en aquella soledad, llena de pena y hablándole al aire, que apenas me respondía.

Años después, podía sentir el viento puro y limpio azotar mi rostro al compás de mis pisadas, cada vez más rápidas; los latidos de mi corazón acelerándose al ritmo de mi respiración. Cuando salía a correr, adoraba el silencio en aquel vacío de humanidad, "el sonido del silencio", como decía la famosa canción que solía cantar mi madre. Recordaba, tiempo atrás, cuando aquella tranquilidad y vacío sólo me producían lágrimas, sin embargo, encontré en el deporte la satisfacción de no pensar en mi futuro.

En mis momentos más oscuros, llegaba a la conclusión de que en aquella soledad, el mundo ya no era más el mundo, sino un terreno sin vida y mi mente barajaba muchas posibilidades, preguntas muy lógicas: ¿cuándo moriría por una infección o me atacaría un animal salvaje en busca de comida? Recordaba cómo, años atrás, cuando ya no me quedaba nadie en este mundo, había pasado las largas y frías noches quedándome quieta para que el hambre, el congelamiento o cualquier otra cosa acabase conmigo. Pero no era mi hora.

Terminé dándome cuenta de que este era el mundo donde nuestros antepasados sobrevivieron, luchando día a día por su vida. Donde lo único importante era conseguir comida y resistir a todo cuanto se pusiese en su camino. Un mundo donde la capacidad de adaptarse y la inteligencia superaban a la fuerza. Entonces me levanté y comencé a sobrevivir.

En un tiempo anterior, después de oír las historias de mi madre sobre cómo los humanos habían abusado del nuestro mundo, la raza humana me había parecido un pesado lastre para el planeta; pero ahora creía que nosotros, animales de dos patas, no teníamos otra cosa que hacer que avanzar un paso hacia delante cada vez, medir nuestros logros, nuestra curiosidad y en suma, ser únicos. Pero los buenos modales debían acompañarnos allá donde fuéramos. Creía que entendía a la raza humana, pese a jamás haber conocido a otro ser que no fuese la que me dio a luz y ser (supuestamente) la única de mi especie en existir en aquel mundo inhóspito.

Sobrellevaba todo aquello como podía, mas por la noche, mirando mi pequeña fogata y con la luz de la luna y las estrellas amparándome, comprendía que mi cometido no podía ser el quedarme allí por la eternidad, pues las personas tenían un tiempo finito y yo tarde o temprano moriría. Entonces, tomé la decisión que cambiaría mi rumbo: ya era hora de ver si quedaba alguien más que, como yo, aún sobreviviera.

☆☆☆

Lo primero, gracias si has llegado hasta aquí y disculpa los errores en el texto (si con alguno te sangran los ojos, agradecería que me lo dijeras🤣).

He retomado la escritura en este blog tras mucho tiempo (unos seis años) sin publicar nada en él, pero espero poder ir publicando nasiduamente a partir de ahora.

Respecto al relato, este pequeño fragmento nació hace ya unos cuantos años, cuando yo pensaba constantemente en qué haríamos los seres humanos en un mundo vacío donde x cataclismo hubiese hecho morir a muchos. Lo cierto es que la idea me llegó a obsesionar mucho y no paraba de escribir sobre ello. ¿A vosotros os llaman la atención estos temas?

Entre paréntesis

 

Entre paréntesis

Sus manos se alzaron en señal de rendición; el sonido de un disparo cruzó el aire; su cuerpo cayó al suelo, inerte. Ante sus ojos, toda su vida se hizo una pelota y se esfumó. Después ya no había nada, sólo un muerto extendido en el parqué del establecimiento, con la sangre escurriendo desde su cabeza. Un arma de fuego se había desparramado de sus manos minutos antes, cayendo tres o cuatro metros más allá. Ya sin peligro, el policía se acercó para comprobarle el pulso: el ladrón ya no estaba en este mundo. Respiró hondo, tranquilizándose, preguntándose si había hecho bien en disparar. La dependienta de la tienda salió de detrás del mostrador, pálida y asustada. Se acercó al policía y comprobó lo ocurrido: la sangre manaba desde un agujero en la frente del agresor.

—Menos mal que ya no nos puede hacer daño —pronunció, apartando la vista del cadáver.

—Sí, menos mal —contestó el agente, con pocas ganas.

...

Despertó con la tierra como lecho y el cuerpo fatigado; levantó la vista: a su alrededor sólo encontró un campo árido, sin nada a la vista. El viento era inexistente y el cielo encapotado teñía el ambiente de un gris somnoliento.

—¿Dónde estoy? —se preguntó.

Hizo memoria y todos los hechos acaecidos con anterioridad acudieron a su mente con rapidez. Le faltaba dinero para comprar una botella de whisky, así que, aún a pleno sol, hizo lo usual: entró a una tienda vacía, amenazó a la dependienta con un revólver (heredado de su padre años atrás) y le quitó todo el dinero. Todo parecía ir bien, pero de repente entró aquel dichoso policía. Como un resplandor, recordó el sonido del disparo atravesando su cerebro. Se tocó en el lugar y notó una hendidura que supuraba líquido. Apartó la mano rápido, atemorizado, no pudiendo quitar la vista de sus dedos manchados de rojo. Estaba muerto, pero aunque aquello fuese el infierno con total probabilidad, no veía fuego por ningún lado.

Caminó. Buscaba algo que sospechaba que no encontraría. Le embargó una horrible sensación de estar solo en aquel mundo. Cayó en la cruda verdad: no tenía alcohol ni nada a lo que aferrarse... Estaba tan sereno y asustado que sólo podía pensar y pensar: en su vida, en cómo su padre lo apalizaba ya de niño, en cómo empezó a beber con sólo quince años, en cómo pegaba a su hermana pequeña; pensó también en sus primeros robos, dejando heridas a varias personas en el camino, incluida su madre, que se suicidó por ver a su familia tan destrozada. Allá donde la recordaba, su vida era una completa basura, un completo error. De repente y sin motivo alguno, estando en ese lugar se sentía triste y arrepentido.

Caminó aún más, perdiendo toda noción del tiempo. Pasaron horas hasta que oteó algo, una pequeña figura blanca en el horizonte que le pareció un edificio o una roca. Cuando se acercó más, pudo vislumbrar algo más: ¡Era alguien! Corrió hacia allí como un desesperado; hacía horas que buscaba algo o alguien que le dijese qué era aquel lugar. Se acercó lo más que pudo, y lo que en principio le pareció una figura pequeña, resultó ser un hombre de larga barba negra sentado en el suelo con las piernas cruzadas; sus ojos, fijos en el horizonte, eran tan negros como dos pozos. El ladrón se aproximó, no atreviéndose a tocarle. Cuando se sintió más seguro, le preguntó:

—Oye, ¿qué es esto? —no tenía mucha confianza y el hombre no contestó. Pasaron unos segundos hasta que un sonido grave salió de los labios del hombre:

—Este es el "Entre paréntesis" entre los dos mundos, más conocido como Limbo en la Tierra —habló el desconocido. El ladrón escuchó atentamente—. Si has venido aquí es porque has sido condenado a pensar. Pensar por la eternidad.

—¿Es que no tengo ni siquiera una oportunidad para volver allí? —preguntó, asustado por lo que acababa de oír.

—No —el monosílabo fue rotundo. No hubo tiempo de decir nada más, pues un fogonazo de luz invadió el lugar y el desconocido desapareció.

Cuando el ladrón fue consciente de todo lo dicho, cayó de rodillas al suelo, desesperado; no podía creerlo, que toda su vida de errores pudiera terminar de una manera tan absurda, con una condena que no podía evitar. Estaría encarcelado por la eternidad, sin más compañía que él mismo y sus recuerdos.

—¿En serio tiene que seguir con vida? —preguntó una auxiliar, con voz remilgada—. Es un desperdicio de la sociedad.

—No seas tan egoísta; éste hombre ya ha padecido lo suyo —respondió una enfermera, más mayor y benevolente que la otra mujer. 

Después de limpiar al enfermo, cambiar las sábanas y dejarlo todo a punto, ambas se marcharon. Según los médicos, el balazo en la cabeza del paciente había afectado a una región importante del cerebro, por lo que era imposible que sobreviviera, pero cual no fue la sorpresa de los ATS cuando en la ambulancia tomaron sus constantes vitales y el ladrón seguía vivo. Sin embargo, un coma le había sumido en un profundo sueño del que probablemente no despertaría.

El violinista

Hace tiempo que no publicaba un relato corto aquí. Lo dedico especialmente a Nerea, cuyo cumpleaños fue el día 5 de Octubre y no pude regalarle nada. Espero que te guste tanto como a mí escribirlo. ¡Saludos a todos!
El violinista


Julia se sumió en sus pensamientos una vez más. Recostada en un banco del parque San Juan, con un libro abierto en su regazo, no podía evitar recordar otros tiempos, cuando ella tenía veinte años, escribía con furia y su inspiración no se terminaba. Ahora tenía treinta y uno y en aquel pequeño asiento, se sentía acabada. Durante su bloqueo, que ya duraba más de un año, no había podido escribir ni una sola palabra merecedora de imprimirse en papel. Quizá era la treintena, que había llegado para acosarla y dejarla derrotada. Cerrando el libro y poniéndoselo bajo el brazo, se levantó: las letras del escritor Enrique Anderson Imbert ya no la llenaban como antiguamente. Cada vez que leía su cuento "Jacobo, el niño tonto", ya no le parecía tan genial como años atrás. Más bien, su lectura se le hacía poco fluida, torpe y aburrida. Se sentía desconsolada, pues ya ni los libros de su escritor favorito podían animarla. Julia avanzó unos pasos, pensando en su penosa situación moral. Ninguna palabra parecía tener sentido para ella. Hacía poco que había despedido a su editor, porque, si no escribía, ¿de qué le servía? Algunos de sus amigos escritores le decían que siguiese los consejos habituales para superar el bloqueo, incluso que esperase hasta que pasara, pero ella no sabía cuándo volvería a escribir. Estaba desesperada. Nadie conseguía ayudarla y Julia ya lo había intentado todo.

Se metió las manos en los bolsillos y miró las hojas de los árboles caer; las notaba también bajo sus pies, crujiendo. Estaban en pleno otoño y un viento fresco mecía su cabello castaño, haciéndole cerrar los ojos. Las suaves notas de una melodía inconclusa llegaba a sus oídos desde no muy lejos. Se giró y quedó extasiada: un joven de cabello largo y oscuro se inclinaba sobre un violín, con los ojos cerrados en expresión calmada. La delicada música irradiaba sentimientos puros y a cada nota, su mano dibujaba un movimiento fluido con el arco, apretando con la otra las clavijas. El corazón de Julia se hinchió de ilusión al oír tocar a alguien tan talentoso. No conseguía apartar la mirada. La música tocada dejaba entrever la dicha, la calma, un alma llena de amor; decenas de sensaciones indescriptibles la abordaban. Volvió al día siguiente y también al otro. Durante toda una sucesión de jornadas, escuchó atentamente, analizando la melodía y disfrutando de ella. La pieza duraba unos diecisiete minutos, pero ella se quedaba horas y horas, aunque la repitiese. Sólo se decidió a preguntarle algo una tarde a principios de Diciembre. Aprovechó cuando acabó de tocar la pieza, y mientras se preparaba para volver a hacerlo, ella se acercó e hizo la esperada pregunta:

—¿Qué pieza es la que tocas?

—Es Tchaikovski: el concierto para violín en D mayor —el músico la miró; parecía sorprendido.

—Es preciosa —ella sonrió.

Ese fue el principio de su amistad. Después de aquello, supo de él que se llamaba Marcos, que estudiaba en el conservatorio y que se preparaba para pasar unos exámenes. En las semanas sucesivas, Julia le contó que era escritora pero que ahora no se ganaba la vida con ello; que estaba bloqueada y no encontraba forma de volver a la actividad que tenía antes. Que vivía de las ganancias de un libro que había publicado diez años antes. En los pocos ratos que charlaron, se fueron compenetrando como dos buenos amigos. Julia adoraba escucharle, y Marcos apreciaba mucho su compañía. A Julia comenzó a interesarle muchísimo la música clásica, incluso se planteó empezar a tocar, pero para qué engañarse: era consciente que, en el colegio, nunca le había ido bien en esa asignatura. Hablando con sinceridad, era feliz tan sólo escuchándola. Además, se dio cuenta que, gracias a ella, surgían nuevas ideas en su mente, como hilvanadas por una mano invisible. A finales de Diciembre, Julia tuvo la imperiosa necesidad de tener un bolígrafo en las manos y empezar a escribir; las ideas se aglutinaban y querían salir. Corrió a casa sin siquiera despedirse de Marcos, y en cuanto llegó, llenó al menos diez páginas de la idea que se le había venido a la mente. Resultaba espectacular que, en un momento dado, se desbloqueara por la música.

Al día siguiente, cuando volvió al parque, le contó al músico sobre su bienvenida inspiración, que esperaba que hubiese vuelto para no marcharse. Sus sentidos estaban ágiles como los de un felino. Hacía algún tiempo que esa sensación no profundizaba en su ser, llenándola de tanta vida. Él le sonrió casi con timidez; parecía feliz viéndola así. Desde ese momento, Julia escribía en una libreta sin parar mientras Marcos practicaba para sus exámenes. Aún con las manos heladas por el frío invernal, para aquella inusual pareja, el tiempo era una hermosa utopía de disfrute con sus respectivas pasiones. Todo se compenetraba a la perfección.
Los meses pasaron, y con ello, el inicio de la primavera no se hizo esperar, haciendo florecer los flores recién plantadas y enverdeciendo las hojas de los cedros, los abedules y las encinas. Uno de aquellos días, Marcos paró de tocar y a Julia le pareció extraño, así que ella también dejó su escrito.

—¿Qué pasa? —preguntó, dubitativa.

—Julia, tengo algo que decirte —tenía un rostro serio aunque sereno.

—Dime, soy toda oídos —ella le puso atención

Notaba que apretaba el mango del instrumento como si quisiera partirlo. Marcos estaba pensando en algo. El silencio se hacía eterno mientras Julia esperaba su respuesta.

—Tengo cáncer —soltó sin más.

Julia se quedó blanca. Trataba de asumir aquellas dos palabras, pero le era imposible definirlas. Sólo atinó a contestar lo primero que se le pasó por la cabeza:

—¿Desde cuándo?

—Hace más de un año.

—¿Y por qué no me lo habías dicho? —las palabras salieron solas en una especie de reclamo.

Por respuesta, él cogió su violín y empezó a tocar, esta vez una melodía distinta, llena de notas bajas y roncas. No averiguaba qué pieza era, pero el sonido triste, melancólico y doloroso se apreciaba mientras las iban ascendiendo hasta resultar excesivamente graves. Después, con suavidad, se hacían tranquilas y alegres. Julia podía imaginar un naufragio que terminaba en una isla paradisíaca; un cielo azul despejado sin fin. La música seguía tranquila por incontables minutos, alzándose y bajando, como si la batuta de un director la dirigiera. Maravillada, se dio cuenta que Marcos no miraba la partitura; estaba tranquilo, con los ojos cerrados, como si la pieza se dibujase en su cabeza nota a nota. Enseguida, la música se hacía más rápida, el tempo se mezclaba en un remolino difuso, mezclando sonidos y combinándolos a la perfección. Julia pensó que era maravilloso que de sus manos pudiesen surgir sonidos tan hermosos. Poco a poco, la pieza terminó, y la mujer seguía tan maravillada como al principio. Marcos guardó el violín en su funda, le dedicó una sonrisa y se marchó. Ni siquiera dijo adiós. Julia supo que era una despedida. Se quedó allí sentada, aún con lágrimas en los ojos, sabiendo que no volvería a verle.

Volvió al parque los días siguientes. Rememoró las horas que pasaron juntos Marcos y ella, las pequeñas charlas, su música y escribir. Las sonrisas estaban presentes más que nunca. Con el verano a la vuelta de la esquina, Julia sólo deseaba que él volviese a brindarle su presencia. El verano pasó sin muchos contratiempos, exceptuando el calor, que mes a mes se hacía más intenso. La escritora no hacía más que aporrear furiosamente el teclado del ordenador, palabra por palabra, tratando de no pensar en aquella despedida. Sin embargo, volvía al parque San Juan cada día a la misma hora, esperando, por un milagro, que él estuviese allí. Nunca estaba pero Julia no perdía la esperanza. A mediados de octubre, creyó verle. Julia solía sentarse siempre en el mismo banco y le pareció ver a alguien acercarse con algo colgado a la espalda. Su corazón saltó de emoción pero al instante supo que no era él, por lo que una enorme tristeza invadió su ser y las lágrimas acudieron a sus ojos.

—No va a volver —habló a los árboles que, movidos por el viento, parecían afirmárselo.

Para su sorpresa, el hombre de antes paró justo frente a ella y la miró fijamente, como analizando que de verdad era ella. Julia, algo incómoda, se fijó en que su parecido con Marcos era increíble: sus mismos ojos habían nacido en un rostro diferente. Cuando aquella persona se decidió a hablar, la sorprendió mucho más:

—Te he estado observando durante muchos días —la informó el hombre, que parecía muy tranquilo. Julia se espantó un poco, pero llegó a la conclusión que no podía tratarse de un acosador—. Soy el hermano de Marcos, Antonio. Toma --descolgó el violín de su espalda y se lo cedió—. Él quiso que alguien que venía aquí todos los días lo tuviera; y ese alguien debes ser tú.

Julia no tuvo ni tiempo a hablar. De repente se vio con el instrumento en sus manos, aferrándolo con fuerza, sin saber qué decir.

—¿Él está...? —preguntó Julia, como queriendo saber si era verdad lo que ni se había atrevido a afirmar.

—Sí —respondió sin pausa—. Hace dos meses.

La mujer apretó los labios y entrecerró los ojos, tratando de que las lágrimas no escapasen. Fijó la vista en el suelo y se tapó la vista con una mano, incapaz de reprimir el llanto, que sacudía sus hombros y le formaba un nudo en la garganta.

—Cuídalo bien —dijo el hombre, dándole unas palmaditas en el hombro—. Yo me tengo que ir; quizá nos volvamos a ver.

Julia volvió a casa, deseando acostarse para acallar la pena que ahondaba en su alma. Que Marcos hubiese muerto no era algo fácil de asumir, y menos para ella, que había ansiado verle durante tanto tiempo sin creer la cruda verdad. Ya acostada, se abrazó a la funda que contenía el violín y sintió un olor a cuero desgastado que le recordó a su música y a la última pieza que él tocó. Después de llorar durante horas, con los ojos hinchados y rojos, se durmió. Las marcas de llanto surcaban sus mejillas cuando despertó, con fuerzas renovadas, para seguir escribiendo. Por él: por Marcos.

Algunos meses después, Julia acabaría su segunda novela larga: "El violinista", inspirada por la música de su querido Marcos.


Fin

El asesino

Este es un trabajo que he hecho para el módulo de escritura creativa del IOC.

Espero que os guste.

Fuente: www.que.es

El asesino

Encontrar al asesino había sido difícil; le había llevado meses de ardua búsqueda siguiendo las palabras de María, su mujer, quien había visto la matrícula de su coche. Ahora, tras él, no veía la hora de hacerle picadillo. Su mano sudorosa aferraba el puñal con fuerza. Esperaba que no se girara. No quería fracasar en su venganza. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, nervioso: estaba a punto de convertirse en un asesino. Un asesino de asesinos. Probablemente iría a la cárcel, pero no le importaba. Su único interés era terminar con aquella vida.

El muy idiota se había dejado la puerta del porche abierta, así que entrar en su casa fue pan comido. Por el rabillo del ojo le vio removerse en su asiento, despreocupado e inocente, sin saber la que iba a caerle. Con cuidado, avanzó hacia él. Se acordaba de la frase que María le había dicho antes de partir en busca de aquel hombre: "No tengas piedad; él no la tuvo con nuestra hija". Aquel fatídico día, el titular del noticiero rezaba: "Niña aparece muerta a orillas del río Tajo. Se desconocen, por el momento, los motivos, pero se sospecha de un homicidio".

Tampoco olvidaba el cadáver de su hija en la morgue: violada, apaleada y ahogada. Su niña sólo contaba con ocho años. Se investigó, pero el culpable no apareció. No había una sola prueba o huella que llevase al asesino. Pero en la mente de su mujer, reposaba, inolvidable, el recuerdo de la matrícula del coche, así que no tuvo más remedio que buscarlo.

Le rabia asomó a su rostro con lentitud y la furia invadió su ser como nunca antes. Caminó unos pasos más hasta estar cerca del asesino y levantó el puñal por encima de su cabeza, clavándolo con fuerza cerca de la carótida. Grandes gotas de sangre salpicaron la novela que el hombre había estado leyendo segundos antes. Mientras el hombre se ahogaba en su propia sangre, no pudo más que sonreírse, satisfecho: gracias a su venganza, su hija descansaba en paz.

El asesino, cómodamente sentado en su sofá, alcanzó a oír el titular desde el televisor: "El presunto asesino mató a la víctima en su casa, alegando que era el asesino de su hija de ocho años, que fue encontrada hace dos meses asesinada a orillas del río Tajo".

Una ancha sonrisa se pintó en su boca. Confundir, dejar pruebas falsas y esperar tranquilo en su casa había surtido efecto. Otro inocente había sido llevado a las puertas de la muerte gracias a él.

PDF descargable del "Proyecto de creación de un personaje literario".


Pincha sobre la imagen si quieres saber más del grupo.

Participo en un blog llamado "Adictos a la escritura" en el que, cada mes, hacemos proyectos y ejercicios varios relacionado con la escritura. Este mes se ha editado un pdf con un proyecto que consistía en crear nuestro propio personaje desde cero y después realizar un relato para, digamos, darle vida.
Sin más, aquí está el documento descargable, que obtendréis pinchando en la imagen de abajo. Sois libres de descargarlo y de uniros al grupo también.

Concurso "Bellas y Bestias" - Relato: Ángeles

Relato corto para el concurso Bellas y Bestias, del blog de Deseo y Oscuridad de Karol Scandiu. Espero que os guste ^-^.




Ángeles

La tragedia daba fin en una sala completamente blanca, con una larga hilera de sillas plateadas y un gran pedestal de oro en el que un hombre mayor, de larga barba canosa y túnica beige, se preparaba para juzgar a dos seres que habían cometido la peor falta: Amarse sobre todas las cosas. Las voces susurraban mientras iban entrando a la sala, incalmables, con el mayor respeto pero la menor de las compasiones. Los personajes de aquella escena se iban posicionando cada una en su asiento, no evitando comentar lo furiosos que se sentían por aquello que había acontecido: Un ángel, un igual, iba a ser condenado ese día junto a la humana que había sido su protegida… Hicieron algo peor que amarse, la cosa más inconcebible dentro de la sociedad de los ángeles protectores. Y ahora, uno de los ángeles que con tanto esmero habían educado, alimentado y entrenado, se enamoraba y creaba un hijo con una mujer humana.

Si bien, las humanas fueron usadas en la antigüedad como sujetos de experimentos para crear a medio-ángeles, el asunto se les había ido de las manos al comprobar que las creaciones tenían más poder y determinación que los servidores de Dios. Por eso habían exterminado a todos los bebés y creaciones, pues por algo Dios tenía el poder para destruir, si quería, todo lo que había mandado crear. Era completamente vergonzoso no haber eliminado ese amor en el mismo momento en que se formó: Un ángel y una humana no podían concebir, estaba prohibido por todas las leyes del Cielo.

El acusado entró por la puerta, con sus alas encadenadas y la cabeza agachada; era sujetado por dos fornidos ángeles para no caer, pues la poca comida que le dieron no servía para mantenerse casi en pie. Sus ojos estaban cerrados por el cansancio, y es que, dos meses en una cárcel con las peores condiciones no le habrían hecho bien a nadie. Su nombre era Ismael: De tersa piel aceitunada y cabello castaño hasta media espalda, ahora despeinado y maltrecho por no haberlo lavado en muchos días. Los ojos, sin embargo, seguían siendo lo más puro y perfecto de él: dos zafiros de un azul más claro que el del cielo. Si preverlo, el juez inició su discurso con total tranquilidad:

—Serás condenado por tu imprudencia, al corte de una de tus alas y a la desgracia de tu protegida, quien caerá junto a ti por haber pecado —Esas fueron las secas palabras del juez mientras él bajaba su cabeza silenciosamente, esperando con valentía a que los hechos acontecieran con la máxima brevedad posible y sobretodo que "ella" no lo viese. No iba a morir pero iba a sufrir la peor de las deshonras: el corte de una de sus alas. Les odiaba, se arrepentía con toda su alma de haber nacido Ángel y no poder estar con su amada Marina.

—Vivirás eternamente como humano, nunca encontrando la felicidad y sufriendo por la muerte de tu amada.

Injustificado castigo para aquel que amaba con pasión a una humana. El sonido de las puertas abriéndose le alertó de que alguien entraba. Toda su determinación se vino abajo al verla a ella, a su amada Marina. Traída en manos de dos ángeles por una de las puertas de aquella sala tan blanca y horrorosa a sus ojos, se fijó en sus ojos vacíos, la mueca desencajada que cubría su faz y sus manos sosteniendo con horror un vientre que aparentaba ocho o nueve meses; por sus piernas, un reguero de sangre bajaba lentamente. Ismael abrió los ojos sorprendido y furioso a la vez, comprendiendo lo ocurrido.

—¿¡Qué le habéis hecho!? —gritó horrorizado, sin poder contenerse—. ¿¡Y vosotros os hacéis llamar preservadores de la bondad y el amor!? ¡¡Bestias inmundas!!

Poco le importó que le sostuvieran, él siguió gritando y cuando finalmente paró, se dio cuenta que estaba llorando desconsoladamente. Marina era su protegida desde hacía veintitrés años, de la que se había enamorado profundamente y había dejado embarazada hacía ya seis meses —cuando ella sólo contaba con veintidós— de un hijo que creyeron sería la puerta hacia un futuro mejor. No por nada tendría la bondad y los poderes angelicales de su padre y también tendría la posibilidad de entender a los humanos. Al saber que Marina estaba encinta ambos se sintieron tremendamente orgullosos por esa hermosa creación que les traería tanto bienestar; tanto a su raza como a la de él. En aquel momento, cegados por su amor, ni siquiera sabían lo equivocados que estaban.

El motivo de tanta confianza en ambos era que, desde pequeña, Marina ya conocía a Ismael, pues por una razón del todo desconocida podía ver a todos los ángeles y demonios que poblaban la tierra. Marina podía ver a los seres de luz y sombra más allá de sus existencias terrenales y espirituales. Ella podía ver sus energías, o lo que era lo mismo, si estaban llenos de horrible maldad o por lo contrario, llenos de la más pura bondad.

“Estás ahí, ¿verdad?" —le preguntó una vez ella, con catorce años, la primera vez que se dirigía a él como le hablaría a una persona normal—. "No te asustes, siempre te veo".

“¿E-Enserio?” —había pronunciado él con prudencia, antes de que la curiosidad le abordara y se acercase a ella.

Desde ese entonces habían hablado muchísimo, tanto que se conocían perfectamente en todos los aspectos de su vida. Ismael sólo sabía que Marina era un alma tan especial, que a los dieciséis años de serle encomendada ya sabía que la protegería durante toda su vida. Sin embargo, no fue hasta los dieciocho cuando ambos se enamoraron perdidamente; y hasta los veintidós, cuando hicieron el amor por primera vez y ella quedó embarazada. Un pecado por el que un ángel protector como él sería condenado. Pero a él eso era lo que menos le importaba; simplemente quería proteger a su amada y a su hijo no nacido de cualquier daño.

“El embarazo de una mujer ángel es de cinco meses. Probablemente, el tuyo durará un poco más pero tendremos que tener cuidado por lo que pueda surgir” —le comentó una noche, confiando en que ella se cuidaría.

“No tengo miedo, porque sé que tú estarás conmigo, Ismael” —Pronunció entonces ella, a modo de contestación. Él sólo la abrazó, reconfortándola y calmando su propio miedo…

A cambió de que él se arriesgara de aquella manera, ella sólo le pidió una cosa por si lo sometían al peor de los castigos: que se casaran. Así podrían vivir los dos con el mismo pecado, ser uno ante Dios sin que su hijo, como criatura inocente que era, no pudiese hacer daño alguno. Sabía muy bien que estando sola ante el mundo, con un medio—ángel en el vientre, no sería seguro, así que tenía fe en que, si al menos les mataban, dejarían vivir a su hijo.

Nadie pudo culparla de su decisión; su inocencia le provocaba confiar en que aquellos seres de luz eran bondadosos con las criaturas inocentes.

No sabía el error que cometía.

“¿Estás segura de esto?” —le había preguntado Ismael en el altar, al oír las últimas palabras del sacerdote antes de casarlos—. “No sabemos cómo pueden reaccionar ellos”.

“Sí, quiero” —había respondido resuelta, sin ninguna duda—. “Lo único importante ahora es nuestro hijo”.

“Yo os declaro, marido y mujer. Puedes besar a la novia”. —con el último destello del atardecer, se habían fundido en un profundo beso que les llevó a una habitación de hotel para pasar la noche.

La última noche que habían pasado juntos, abrazados hasta la mañana siguiente, cuando vieron su cama rodeada de ángeles y les separaron; a él enviándolo a la prisión a espera de un juicio y a Marina a un sitio del que nadie quiso decirle nada, pero que prometía ser el peor para ella y para su hijo.

Durante dos meses esperó, se angustió y finalmente se resignó a estar allí por mucho tiempo sin saber nada de Marina. La prisión era un lugar oscuro, inhóspito y húmedo; sólo podías sobrevivir allí más de dos semanas si eras un inmortal, y aun así se sufría terriblemente en aquella infinita soledad. A Ismael le dolía pensar que en su sórdida existencia sin sus amados esposa e hijo. Hasta que, dos meses después, le sacaron. Fue como un soplo de aire fresco, y ahora se encontraba allí, habiendo sido juzgado y viendo a su amada con las piernas chorreando sangre, como si le acabarán de sacar algo de las entrañas.

Sin dudarlo mucho, como una loca salida del manicomio, Marina se deshizo del agarre de los ángeles y corrió directamente hacia Ismael, que la esperaba con los brazos abiertos, pues sólo sus pies era aprisionados por la cadena.

—Marina, Marina… —murmuró tristemente— ¿Qué te han hecho, qué le han hecho a nuestro hijo?

—Tranquilo… sólo es un bebé, tú sólo me amas a mí… ¿verdad? —arguyó, tapándose la cara con las manos y notando como su amante la envolvía entre sus brazos. De repente sonrió, como enajenada, pronunciando—: Que se lo queden… lo matarán.

—La habéis vuelto loca —nadie dijo nada, sumidos en el nada confortante silencio de aquella sala tan blanca—. Ahora, si sois tan bondadosos como crecí creyendo, quiero que os apiadéis de mí: He perdido a mi hijo, mi esposa ya no conoce el juicio y yo soy un muerto en vida. Ya no me puedo considerar un ángel. Sólo os pido que me cortéis las dos alas y me dejéis morir.

—La sentencia ya está tomada: Sufrirás el eterno castigo de la soledad. Pero puedo cumplirte uno de tus deseos…

Apiadándose de la mujer, el juez sonrió y levantó sus manos hacia ellos desde su pedestal, fulminándola al instante con una cegadora luz blanca. Todos aplaudieron incansablemente por su decisión y el ángel se echó a llorar por su perdida.

—¡Mi amor! —Su llanto brotó hasta que le separaron de ella, sin embargo, no pudo borrarse el blanco y terso rostro de ella de su mente.

Dolía pensar que no volvería a verla; dolía pensar que se dirigía al paredón para que le coartaran la libertad; dolía pensar que su llanto no sería secado ni siquiera con la eternidad…

***

En una pequeña cuna, un recién nacido lloraba incansablemente: Su madre había muerto aquella noche y su padre ni siquiera sabría de su existencia. Estaba solo en el mundo, con unas personas que le tratarían como a un sujeto de experimentación… Sin embargo, algún día, cuando se hiciese mayor, el destino había dictado que se alzara sobre todas las maldades de aquella raza superior y saliera victorioso. Porque aquel niño, contra toda regla, sería el que años después lideraría el movimiento contra los ángeles que mataron a sus padres y acabaron con tantas vidas inocentes tan sólo por el placer de experimentar. Él lograría lo que sus padres no: Un mundo mejor.

FIN

Culpabilidad y temor - Relato

Mi cabeza vuelve a estar revuelta, mi pecho henchido en culpabilidad y temor; miedo por lo que pueda suceder y terror por lo que esté apunto de ocurrir. Lo puedo comparar con la ansiedad causada por esperar en el paredón para ser fusilado, podría jurar que estoy incapacitada para todo menos para sentirme culpable por todo, por cada ínfima cosa que ronda por mi cabeza.

Es mi talón de Aquiles, mi jodida mente insulsa.

El engañar a todo el mundo no fue suficiente; el matar a tanta gente sin familia, trocearla y luego echarla al fuego fue algo que pude sobrellevar sin problemas pero el violar a aquel hombre y dejarlo tirado, erecto y sangrante en una habitación del hotel más cutre de la ciudad no pude negárselo a la policía.

Gracias a todo eso descubrieron mis asesinatos, mi modus operandi.

Habría podido matar a aquel pobre desgraciado, pero no lo hice: algo en la flexibilidad y la belleza de su cuerpo me hizo parar de lleno. Lo único que hice para saciar mi sed de sangre fue enterrar el arma blanca que llevaba en mis manos en su recto; después de haber usado el mango del cuchillo para penetrar una y otra vez su ano, fue lo único que se me ocurrió.

Recuerdo como gritó, lloró y se contorsionó cuando lo hice. Reí, me regocijé en su sufrimiento.

Ahora sólo me puedo sentir culpable, mi corazón y más mi mente me impulsan a ello. No dejo de sufrir, de oír una y otra vez esa voz cauta, tranquila y cruel, que me dice que debo sentirme culpable por todo; esa voz que me impide reír ante la muerte y la sangre.

Mi cuerpo yace en esta sala acolchada para desquiciados, mis brazos inmovilizados por esta camisa de fuerza, mis ojos empapados en lágrimas...

-Sabes, estar aquí no es lo peor... -me dice una voz al otro lado de la pared que es mi cráneo- ...lo peor será siempre tenerme contigo.

Es mi mente. No hay pasado, ni presente ni futuro. Ahora sólo está ella.

Carta a mi amante dormida - Relato

Te sorprendí, apuñalé y destripé, te desangré poco a poco y rellené con tus vísceras la olla a medio llenar. Te embocé con serrín -tanto que incluso te salió por la boca- y cosí después cada milímetro de tu piel rasgada con aquel hilo fuerte que solía usar para ir a pescar al muelle los domingos. Vigilando no estropear más tu cenicienta carne, te vestí con tu mejor traje y te acosté en la cama. Luego me dediqué a observarte.

Sabes, estás más guapa así que cuando no parabas de gritar y quejarte por todo. Incluso me pones más. Sin ese cerebro que hace un rato te saqué por la nariz a trozos y sobretodo sin esos ojos tuyos que tengo guardados en el primer cajón de la cocina, junto a los cubiertos. Eres tan bonita que me gustaría sacarte a pasear como aquel perro que tuvimos y que desapareció. Recuerdo que te pusiste triste por eso; a estas horas deberías saber que lo destripé y te lo dí de comer en dulces y pequeñas dosis.

Tu carne la comeré con esmero, despacio para saborearla. Debe estar mucho más rica que tu cuerpo, tu sed y tu humedad. ¿Pensabas, mi tierna amante dormida, que iba a dejarte descansar tan ricamente en tu lecho de muerte, realmente creíste que iba a respetar tu descanso eterno? Poco me estremecían tus gritos hace unas horas, mientras te perforaba una y otra vez con mi punzón para picar hielo... Miles de puñaladas en tu estómago, por tus muslos, tu ano, tu sexo; incluso te has quedado sin lengua. Y sobretodo, no dejo de preguntarme cómo ha sido tan fácil.

Te digo adiós mi cielo, mi dulce amante dormida.

Amor y Sangre: Extraña mezcla

Y dolía. Cada vez que compartían aquellas noches de sangre y temor, de mutuo compartimiento de sentimientos indescifrables, sangrientos, prohibidos, dolorosos y placenteros a la vez. De nada valía preguntarse el por qué o el cómo de todo aquello. Simplemente, un día cualquiera, había comenzado y ahora seguía. Cada día se aferraban a sus vidas, se aferraban a sus lazos, a su elixir de vida, alma pura e insondable rota en mil pedazos por aquellos rastros de imperfecta humanidad. Imperfección únicamente causada por ellos, por aquellos que se autodenominaban humanos, hermanos y amantes.

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Inocencia - Relato


Tras su fachada inocentona y sus ojos grandes llenos de pureza, se encontraba la persona más terrible, inmunda, sucia y malvada que el mundo jamás pudo haber imaginado. Ella era la falsa moneda, de la que no te esperas las fechorías hasta que las ha hecho. Y así un día, entre maldad y maldad, al fin su fachada fue puesta al descubierto y el desprecio de las todas las personas a las que amaba fuer a dar contra ella, y en su tristeza al darse cuenta de lo que había sido, murió en la mísera miseria.

-Te has manchado el vestido -dijeron-. Lávalo y pronto la mancha saldrá.

-Adiós, niña mala -pronunciaron en la oscuridad-. Adiós.

Ella ya no les pudo oír, ya no moraba allí. Ella era la que en su inocencia se había portado mal,y había sido reducida a escoria por gente que no la entendía y que no entendería jamás a los que eran como ella.

Culpabilidad - Relato

-Esta noche he soñado con el otro -le dije, tranquila. Aquella tarde había sentido nervios, pero se lo contaría por la confianza que nos unía-. Soñé que teníamos sexo.

Él, -mi novio- se quedó con una cara de pasmo impresionante y yo seguía serena, aunque con algún tipo de miedo que me recorría el cuerpo por entero. -¿Pero que dices...? -me respondió con otra pregunta-. Explícamelo con más detalle.

-No es como si te hubiera engañado, ¿no? -le respondí-. Pero sabes... Me siento culpable. Soñé que estábamos en un autobús, y que de un momento a otro él se montaba encima de mí, y lo hacíamos. En todo momento me acordé de lo que me dijiste una vez: "Por querer probar lo prohibido, podrías perder lo que por tanto tiempo has tenido al lado; eso querrá decir que no lo has sabido cuidar".

-No te preocupes, los sueños, sueños son -y así acabó nuestro tema de conversación, y comenzó otro-. ¿Siempre ha sido así, cierto?

La sabiduría y realidad de sus palabras se quedó impregnada en mi.

Confusión - Relato

-Él es un buen hombre, cuidará de ti -le dijo su madre-. Te dará hijos fuertes y sanos, permanecerá contigo siempre, hará que madures y seas lo suficiente culta para defenderte. Tú sólo deberás corresponderle como una buena esposa y compañera.

La mujer se refería a un galante y buen hombre que desde hacía tiempo había estado frecuentando a su hija. Ella no solía meterse en su relación pero no podía más que ver a su hija más centrada en su vida y extremadamente feliz. Libre.

La hija dudó unos instantes, pensando en por qué su mente la hacía enamorarse de la persona menos indicada; en la confusión de su mente al reencontrarse nuevamente con su antiguo amor, y descubrir que aún guardaba sentimientos hacia él, sentimientos que quizá no tuvieran que ver con el amor sino con el capricho y los rastros de su antigua obsesión, superada años atrás.

-Pero creo que le amo -le contestó, no muy decidida, condenándose así a una desdichada existencia-. Simplemente no entiendo el por qué de este sentimiento. Es Irracional. Completa y extremadamente irracional.

-Es una decisión que únicamente puedes tomar tú, hija mía -asintió su madre, comprensiva-. Busca las razones, las respuestas; están en tu interior.

Y así es. La vida da giros extremos. Las decisiones no se deben tomar a la ligera, sino pensarlas con devoción para luego dar respuesta a todas las dudas; a todas las preguntas que se quieran desechar en un principio.

En nuestro interior se encuentra toda la innata sabiduría del mundo.

Novelas participantes en el Premio Literario Amazon 2023 (1)

¡Buenas! Mucho tiempo sin actualizar este pequeño rincón, y qué mejor que hacerlo para traeros opiniones sobre novelas participantes en el P...